Grecia - Turquía

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La Frontera Greco - Trurca

Noruega, Suiza y Reino Unido están en la mente de los inmigrantes que llegan a Turquía, la antesala de Europa. Se concentran en Estambul y sueñan, como ellos dicen, con el “trabajo bueno” y la “buena gente” de Europa. En el barrio de Aksaray, a pocas calles del Grand Bazaar, esperan su turno para recorrer los 220 kilómetros que los separa de Edirne, la ciudad turca que hace frontera con Grecia. Cuando llegan allí se alojan en pensiones y pisos particulares, hasta que aparece la persona que les guía hacia el otro lado. La frontera que cruzan tiene una extensión de poco más de 200 kilómetros, de los que apenas 12,5 kilómetros son tierra. El resto es el río Evros, que hace de endeble barrera natural entre Turquía y Grecia, porque, según Frontex, entre 300 y 400 migrantes cruzan a diario el río, sobre todo en los meses de verano.

Novo Vissa y Orestiada son las primeras villas griegas que pisan los inmigrantes y aquí descubren que los europeos no son tan buenos como pensaban. Encuentran a personas recelosas, que se niegan a explicar dónde está una calle o dónde está la estación de autobuses. Gente que no sonríe y que suele llamar a la policía para que se ocupe de identificar a los recién llegados. El destino de muchas de las personas que cruzan el río es uno de los cinco centros de internamiento de extranjeros de la región del Evros. Ésa es la Europa que les da la bienvenida.

Según el testimonio de los propios internos, en esos sitios no se les permite ni siquiera salir al patio y deben pelearse por la comida porque no siempre hay suficiente para la cantidad de detenidos. Sin mencionar las pésimas condiciones de salubridad y la falta de asistencia médica.

Seis meses encerrados Los inmigrantes pueden estar confinados hasta seis meses en esos centros. Sólo si son de Afganistán, Somalia u otra región que se encuentre en guerra son liberados pronto y tienen derecho a pedir refugio. El resto, si no son deportados, reciben un salvoconducto para salir de Grecia al cabo de un mes. Por supuesto, nadie obedece y se ponen en manos de nuevas mafias para avanzar al norte de Europa. Lo primero es llegar a Atenas y la mayoría se embarca en el tren que sale de Alexandroupolis y tarda 12 horas en llegar a la capital griega. Los inmigrantes ocupan los asientos del último vagón, por alguna razón no se les permite compartir asiento con los nacionales. Pagan casi 60 euros por viajar casi hacinados en ese vagón y se embarcan con las pocas pertenencias que han podido recuperar después de su encierro. No existe un sistema de consigna apropiado en los centros de internamiento del Evros. Los policías arrebatan las pertenencias que tienen los detenidos y las arrojan a camiones sin ninguna clasificación, facilitando que los que salen antes se aprovechen y se lleven las cosas de valor. Los que tardan en ser liberados ya no encuentran nada. Pero a la gran mayoría de los viajeros del tren que va a Atenas no le importa vestir con ropa ajena ni usar zapatos de una talla menor. Tampoco les incomoda el pelo y la barba que denotan el tiempo que han pasado encerrados. Ahora se sienten libres y siguen soñando con aquellos países donde les han dicho que hay trabajo bueno y buena gente.

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