Calais, Francia

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Parecen mercancías. Buscan un espacio para viajar dentro de los camiones que cruzan el canal de la Mancha. Son de 70 a 90 minutos de viaje entre Calais y Dover. Necesitan suerte para esquivar a los guardias de seguridad y los perros que custodian los párkings y deben aprender a respirar dentro de bolsas de plástico, o no respirar, para sortear los controles.

Son un centenar de personas que esperan el momento para colarse en los camiones. Han recorrido largas distancias hasta llegar a este punto. Salieron hace meses de Afganistán, Irán, Iraq, Palestina, Sudán, Chad, Nigeria… La lista es larga. Antes eran más de 800 y vivían en una zona boscosa de Calais a la que bautizaron como La Jungla. Hace más de un año este campamento fue desmantelado y los migrantes se dispersaron.

En las afueras de una ciudad del norte de Francia está un campamento donde sólo se encuentra gente de Eritrea. Una bandera de ese país corona una de las tres chabolas, junto a una francesa para no enojar a los dueños de la casa. Hay musulmanes y cristianos en el grupo, y muchas mujeres que viajan con sus maridos o hermanos.; algo poco frecuente entre los africanos. Su rutina consiste en esperar a que llegue la noche para ir a los aparcamientos y tratar de subir a un camión. Mientras hay luz se ocupan de las comidas grupales, la ceremonia del café, sus ritos religiosos y la limpieza de las chabolas. Además, dos veces por semana salen a la ciudad para ducharse gracias a la solidaridad de los vecinos y de un grupo de activistas. Cuando oscurece encienden velas y conversan. Repiten la historia de una familia que llegó al campamento y logró pasar el mismo día. Hay un retrato de ellos en una de las chabolas; todos visten de blanco y sonríen. Eso les da esperanza.

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